Háblame de cosas bonitas
Nuestros ojos se iluminan, las mejillas adquieren un nuevo brillo color rosado, y nuestra boca muestra la mejor de sus sonrisas. El ambiente se impregna de un calor agradable y las palabras fluyen tranquilas y sosegadas, alegres y dulces, amables y tiernas; de buenos presagios y bellas intenciones. Esa sensación recorre cada poro de nuestra piel que también aparece más viva, menos mustia, dorada y suave. Todo el cuerpo se empapa de una belleza especial y sobrecogedora; nuestros pensamientos, más despiertos que nunca, saborean cada pálpito que recorre la estimulante sensación de sentirnos un poquito más vivos.
Y es que quizá cada día morimos un poquito más en nuestra propia compasión. Y es que quizá, en ocasiones, nos sentimos un poco más desdichados de nuestra propia convalecencia. El bucle pierde la consciencia del tiempo y se retuerce en cada uno de los arrepentimientos, en cada golpe de mala suerte. Y todo aquello que un día habitaba y formaba parte de nuestros sentidos más fieles, se desvanece, y se esfuma en un imperceptible abrir y cerrar de ojos. Ya no soñamos. Ya no bailamos. Ya no cantamos al viento. Y es que quizás nunca perdieron su intenso color. Y es que quizás fuimos nosotros los que preferimos dejar de ver las cosas bonitas.
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