Quiéreme, quiérete, queramos

No conozco sus nombres, no conozco sus gustos, ni sus aficiones, ni sus manías; no sé si prefieren la playa a la montaña, si les gustan los perros o quizás los gatos; si son salados o golosos; apóstatas o católicos; alegres o tristes; sociales o solitarios. Existen muchas facetas más que desconozco, pero no las sé y no necesito saberlas. Y esto fue desde el momento en que dejé de ser una identidad individual para formar parte de una sola. Desde el mismo instante en el que clavé mi trasero en una plaza de pavimento y me sentí parte íntegra de un todo. De un todo que no necesita de las palabras para entenderse, que no necesita de detalles comunes para aceptarse. Un todo cuyo corazón se abre para poder ser aún más grande; receptivo en cada gesto; en cada mirada de complicidad. Una sensación tan nueva y rica para mí; tan plena y llena de emociones indescriptibles; tan fuerte y profunda que todos mis sentidos se han ordenado en una misma dirección común. Todo me resulta más real, más claro, más limpio, más humano. Y de la misma manera me siento más persona, más feliz, más querida, más unida a todo lo que me rodea. Y me llaman las ganas de compartir, de colaborar, de participar, de aportar todo lo que tengo. Y de un tiempo a esta parte siento cuánto nos hemos echado de menos y cuánto tiempo hemos perdido alejándonos.
Borbotea cada día esperando el momento de unir todas nuestras fuerzas. No hay un principio, no hay un final; empieza dónde y cuándo quieras. E independientemente de lo que hagas (libremente), sí que me gustaría pediros algo desde este pequeño espacio: amemos; queramos; a nosotros y al que está a nuestro lado. Porque indiscutiblemente nuestra capacidad de querer, con todo lo que ello implica, es lo mejor que tenemos de nosotros mismos.

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